Monday, 21 December 2015

ALTIPLANO BOLIVIANO - MAL DE ALTURA

Emprendo la ruta en Oruro transitando principalmente por caminos de ripio hasta el Nevado Sajama (6542m), el volcán más alto de Bolivia. Me dirijo hacia la frontera de Chile. Desde ese punto comenzará una de las rutas más complicadas y desafiantes del viaje. La altitud acaricia los 3800m pero ascendiendo a los 4700m; mi cuerpo comienza a experimentar un paulatino estado de hipoxia. Aumenta la frecuencia cardiaca y evidencio los primeros síntomas del mal de altura. Las noches son terribles e interminables. El insomnio y la ansiedad me reducen como a un gusano en mi saco de dormir; inspiraciones profundas y tos severa imposibilitan un mínimo de concentración para conciliar el sueño. El manto de estrellas del altiplano me seduce, pero la temperatura desciende de 0º fuera de la carpa y no planteo siquiera salir a divisar los cielos más maravillosos del universo. Los días son más llevaderos en la mañana, aunque combatiendo la fatiga prematura del ejercicio, la falta de apetito y el desgaste riguroso de la piel. La deshidratación es patente en la disminución de la orina. Las primeras semanas son las más duras. El aumento de glóbulos rojos no se aprecia hasta las dos semanas de aclimatación. A esta altura sólo se conserva un 70% de la capacidad física que se posee en condiciones normales.



Días duros donde la temperatura del cuerpo parece ascender un grado. Es la fiebre que invoca las ganas de vivir. Una alteración física que se manifiesta cuando se flirtea con los límites personales, aquellos dormidos por el indolente progreso. Es en estas circunstancias cuando atestiguas que la vida duele. Vivencias que se cruzan en nuestro camino, incluyendo inexorablemente el sufrimiento y la adversidad, sirven como alimento para nuestra evolución personal. Son las piedras que acontecen en el discurrir del río, y que te acercan a orillas inexploradas del ser humano.




Tierra de Quechuas y Aimaras que miran con una mezcla de curiosidad y recelo evocando las historias que contaban sus abuelos sobre los pérfidos colonos. La ruta es de una belleza insólita que atraviesa una puna semiárida donde abundan llamas, alpacas y ganado bovino que observan con estupor el devenir de un entrometido viajero ávido de historias que enriquezcan su vida interior.



A lo lejos, dominando el intenso cielo azul, el glaciar del volcán Sajama. Testigo de una historia cruenta y desgarradora escrita con trazos de esperma y sangre. “La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona”. Así dejó escrito Voltaire




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